¿El fin del sueño educativo argentino?

«El sueño de «m’hijo el dotor» se fue convirtiendo en «m’hijo el empleado público», «m’hijo el delegado sindical», «m´hijo el militante»….», sostiene Carlos Hoevel

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Este artículo de opinión fue originalmente publicado en LinkedIn por Carlos Hoevel, Profesor de la Universidad Católica Argentina (UCA), donde investiga sobre Filosofía de la economía; Ética económica y empresarial; Filosofía social, Historia de las ideas económicas y políticas, Economía y educación; Economía civil; Relaciones entre economía, instituciones, cultura y religión.

Lo que más espanta, lo que más hiela la sangre del anuncio de cierre de las escuelas por parte del Presidente, es darnos cuenta de que se trató de su primera reacción, de su movimiento más espontáneo, de algo que le salió verdaderamente de adentro. Casi como si alguien, después de un largo tiempo de esconder una monstruosidad que todos intuían pero que nadie quería en el fondo ver, revelara de repente, de manera obscena y brutal, su auténtica naturaleza.

Todos presentíamos que hace rato se gestaba no solo un gobierno, sino un régimen en la Argentina que tiene como objetivo, a veces oculto a veces, como en esta ocasión, crudamente explícito, la liquidación final de aquello que podríamos llamar «el sueño educativo argentino».

Este sueño fue seguramente el de Sarmiento, ese portentoso gigante de mil cabezas, quien, con sus enormes virtudes y sus tremendos defectos, tuvo sin embargo algo siempre muy en claro: que una Nación sin educación es como un río sin desembocadura, una fuerza sin destino, un deseo sin objeto ni meta.

Pero no fue solo el gran sanjuanino el que nos soñó como un torrente educativo encauzado, potenciado para llegar con fuerza a un enorme mar -y no a un pantano enlodado y sin salida- sino toda la generación de nuestros padres fundadores: los grandes y serenos Belgrano y San Martín, los furiosos Moreno y Rivadavia, los espíritus sublimes Alberdi y Estrada, el moderado y acertado Avellaneda y también ¿por qué olvidarlos? los caudillos del interior como Artigas, Bustos, Urquiza o Heredia que también se ocuparon de educación (como lo habían hecho Trejo y Hernandarias).

Todo el dinamismo educativo de nuestro proceso constitucional, nacido en Mayo y en Tucumán, peleado con sangre en las crueles luchas civiles hasta Caseros, y consolidado en San Nicolás, en Santa Fe y en San José de Flores, estuvo animado por ese impulso educativo, de una Nación que se sentía en ascenso y que se alimentaba de una fuente aún más antigua: la de las Misiones jesuíticas guaraníes, el Monserrat y San Ignacio, la de los franciscanos y dominicos, la de los lasallanos, salesianos y tantos otros educadores religiosos que sembraron, junto con nuestros involvidables maestros de delantal blanco formados en las grandes Escuelas Normales, las semillas de la educación hasta los últimos confines del país.

Basta hacer un recorrido por los grandes edificios históricos de la educación argentina -como hace un colega mío que realiza cada clase en alguna de las «escuelas-palacio» de la ciudad de Buenos Aires (como el Colegio Carlos Pellegrini, la Escuela Presidente Roca (frente al Colón), el increíble Colegio Nacional de Buenos Aires, el Instituto Bernasconi, el Lasalle, el Colegio San José, o el mismo Palacio Pizzurno, hoy Ministerio de Educación que era originalmente una escuela) para darse cuenta de que aquí sería posible educar con la sola fuerza de la historia y de la arquitectura. Esa tan denostada «generación del 80» -junto con la Iglesia argentina y otras grupos de educadores criollos, españoles, italianos, ingleses, franceses o alemanes- no solo construyeron esas grandiosas escuelas en Buenos Aires: también en Córdoba están el Alejandro Carbó, el Jerónimo Luis de Cabrera y el Juan Bautista Alberdi y el colegio Gobernador José Vicente Olmos, (convertido en shopping hace 20 años); en Rosario la Escuela Normal Superior Nº 2 “Juan María Gutiérrez”, en Santa Fe el Inmaculada Concepción (donde vivió y enseño el Papa Francisco), en Paraná la Escuela Normal «José María Torres»; en Concepción del Uruguay la Escuela Nº 1 Nicolás Avellaneda y decenas y decenas de fabulosos edificios educativos diseminados por todo el país (sin contar los increíbles edificios históricos de las Universidades nacionales), todos los cuales invito al lector de este post a buscar en internet si quiere asombrarse de la grandeza educativa que supo ostentar nuestro país.

Durante el siglo XX vivimos de ese enorme, gigantesco primer gran impulso educativo que se extendió y profundizó por la llegada de millones de seres de otras latitudes que parecían locos, dementes por lo llenos que estaban de deseo, de sed y hambre de progreso y de saber y por el modo en que se prendieron a la enorme teta llena de leche -no del Estado- sino de nuestras escuelas, colegios y universidades. ¡Tenían tanto para aprender! ¡Tanto para mejorar y crecer! Incluso durante los gobiernos populares radicales primero y peronistas después, el impulso educativo, aunque menos fuerte, continuó: se buscaba sobre todo extender más todavía la igualdad escolar que se había logrado con nuestra ejemplar escuela primaria, a la secundaria y la universidad.

En los años 60, en los que probablemente alcanzamos nuestro máximo nivel de desarrollo educativo, universitario y científico, toda América latina nos miraba con admiración y quizás, con cierta envidia, y desde los confines del mundo (sé, por ejemplo, que vinieron a estudiarnos delegaciones de Corea del Sur) querían saber cuál era el secreto, la clave del milagro educativo que había tenido lugar en este país.

La pesadilla de decadencia que siguió, se entrevera con nuestra descomposición constitucional que llevó a un proceso de descomposición social, política, económica y también educativa de una velocidad y una capacidad destructiva sorprendentes. Pero no fue solo eso. ¡Si hubiera sido solo eso! Lo que siguió no fue únicamente una decadencia: fue el nacimiento de una extraña perversión, una revuelta contra el sentido común. Más aún, yo diría, un ensañamiento.

Alimentados por no sé que locura contra la educación y la cultura, producto de una mezcla extraña de populismo, progresismo y delirio revolucionario o contracultural, muchos intelectuales, religiosos o militantes comenzaron a pregonar -o a gritar- que la mejor sabiduría no era la de los libros, la de la aburrida y ridícula escuela, sino la de la calle, la del pueblo, la del contacto con la gente común. Y de eso -que todavía tenía bastante de sensato- dedujeron muy rápido que no había que superarse, corregirse, mejorarse -¡como si el pueblo o la gente común no se esforzara ni buscara progresar!- sino «ser auténticos», «espontáneos», seguir siendo en lo posible como uno había nacido, y que no había necesidad de más. Comenzaron a mirar con desdén, casi diría con desprecio, al que estudiaba, al que se esforzaba por adquirir conocimientos y una elevación en su modo de ser, como un pequeño y mezquino burgués, apartado del camino de la vida y la acción. Y de allí terminaron por concluir que lo en otra época se hubiera llamado «ignorante», había que cambiarle el nombre y ponerle «creativo», «rebelde», «revolucionario», y cercano a lo popular. «¿Y estos -pensaba mientras tanto preocupada la mamá verdaderamente popular- por qué en lugar de protestar tanto no van a estudiar?»

Pero no la escucharon. Y no solo los «intelectuales», sino tampoco todo el resto de las clases sociales que comenzaron a enfriar su entusiasmo y a retirar masivamente su confianza en la educación. Por un lado, los miembros de la clase media-alta y alta, cada vez más encerrados en sus confortables círculos de pertenencia, de «acomodos» y de «recomendaciones», comenzaron a pensar que la habilidad, la viveza y las relaciones públicas eran mucho más eficaces que la educación para aumentar su patrimonio y asegurar su futuro. «¡En la Argentina, sin demasiado esfuerzo y con apenas un barniz de educación, se puede vivir tan bien comparado con Europa o Estados Unidos!»-pensaban aliviados. Entregados a los placeres del consumo y del confort, a los viajes periódicos al adorado exterior y a la vida más o menos plácida que gozaron siempre en la Argentina, los integrantes de las clases superiores fueron así vendiendo, regalando o entregando al mejor postor las bibliotecas y la sabiduría acumulada por sus abuelos…

En las grandes masas de lo que era nuestra enorme clase media, el esfuerzo por educarse también se fue deteniendo hasta paralizarse completamente…El encierro del país y de la economía, el «puestito» cómodo conseguido en el taller del abuelo o, mejor, en el Estado, el adormilado asado del domingo, el fútbol, el viaje a la costa durante el verano, cubrían ya todas las expectativas. El sueño de «m’hijo el dotor» se fue convirtiendo en «m’hijo el empleado público», «m’hijo el delegado sindical», «m´hijo el militante»….

En la clase popular, que había vivido siempre impulsada por el prodigioso esfuerzo de su trabajo, de su educación primaria y de un honorable y tantas veces admirable oficio, apareció una nueva realidad que lo cambió todo. «El plan», como maná caído del cielo, resultó sin embargo la comida más venenosa, más destructiva que haya asimilado el pueblo argentino. De ser una ayuda razonable y temporaria frente a las crisis provocadas por nuestra locura e impericia política, se transformó en el corrosivo sustituto del trabajo, de la dignidad y de todo sentido de esfuerzo educativo.

Desde hace casi 18 años -con algún breve y lamentablemente débil e insuficiente interregno- vivimos en un régimen político que, nacido de la crisis de descomposición del país constitucional y educativo ocurrida en 2001, tiene sin duda la pretensión de refundar otro tipo de nación, otro tipo de país -basado en esa ideología pseudo-popular y pseudo-progresista que describíamos más arriba que, combinada con una insaciable sed de poder, busca terminar de liquidar los restos del país constitucional y educativo que soñaron nuestros padres fundadores. Esa pretensión de liquidación y refundación ya ha exhibido ampliamente algunos de sus rasgos y pretensiones mortíferas: entre ellas el fin de una justicia independiente, el encierro económico definitivo, el dominio patrimonialista del Estado, el empobrecimiento sistemático, la sumisión de la mayoría de la población y, como acto final, el desmantelamiento de lo que alguna vez fue nuestra joya, nuestro tesoro más preciado: la educación.

La noche en que el presidente Fernández, amparado en el nuevo agravamiento de la pandemia, volvió a anunciar la suspensión de las clases -luego de haber cerrado las escuelas durante un año (un caso prácticamente único en el mundo)- a pesar de que tanto aquí como a nivel internacional se comprobara que las escuelas no solo tienen un bajísimo porcentaje de contagios sino que incluso son útiles para la detección temprana de casos- a muchos argentinos se nos heló la sangre porque sentimos que no estábamos únicamente ante una medida coyuntural: percibimos que estaban «yendo por la escuela», buscando terminar de aplastarla, de someterla al dominio de sus nuevos y exclusivos amos: los señores feudales políticos y sindicales que -más allá de los miles de maestros y profesores esforzados y dedicados que siguen al frente del aula- hace rato han capturado y sometido al sistema educativo argentino para sus propios fines.

Matando la educación, sometiendo definitivamente a la escuela, los nuevos dueños del sistema educativo, no tengamos dudas, intentan herir de muerte el corazón de la Argentina. O por lo menos el corazón de la Argentina constitucional y educativa, democrática y auténticamente popular que, a pesar de todos sus conflictos y defectos, forjaron a lo largo de nuestra historia con enorme esfuerzo nuestros padres fundadores y sus mejores continuadores.

Aunque la situación es grave y el intento de sometimiento final es audaz, percibimos, sin embargo, dentro de nosotros, una especie de fuego que creíamos apagado o incluso perdido y que ahora revive con fuerza. No han sido pocos -hasta los que parecían dormidos e indiferentes frente a la educación- que han levantado su voz, su protesta y expresado su indignación. Como a raíz del avance sobre la justicia, sobre los recursos públicos y sobre las libertades, una parte importante del pueblo argentino está desde hace unos días de nuevo en máxima alerta. Y está comenzando una vez más a prepararse para expresar su voluntad de recuperar su sueño constitucional y educativo, pacífica pero firmemente, mediante los instrumentos eficaces que nos proporciona nuestra democracia.

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